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Reflexiones

Iniciamos en este espacio un camino de reflexiones en torno a la Astronomía y la enseñanza en general. Contamos desde ya con el aporte de todos para que este concepto de reflexionar desde el aula favorezca el auto-análisis permanente del rol docente y su función en la sociedad.


La excelencia y cómo lograrla

Por Nora Bär / La Nación / 30 de abril de 2008 | Publicado en la Edición impresa.

En los siglos XVI y XVII, Galileo fue astrónomo, filósofo, matemático y físico. En esas épocas, una sola persona -claro que no cualquiera: ¡Galileo, nada menos!- podía abarcar el conjunto de los conocimientos de su tiempo. En el mundo globalizado de hoy, la ciencia dejó de ser una empresa individual para convertirse en un aparato gigantesco cuyos engranajes exceden lo puramente académico y cuyos hallazgos impulsan no sólo el avance del conocimiento, sino también la competitividad de los países.

A los científicos actuales ya no les basta, como se cuenta que hizo Galileo, con asomarse a la Torre de Pisa, lanzar dos piedras y observar cómo caen. Para alimentar la moderna maquinaria de experimentación, capaz de bucear en el submundo de la materia y de desmontar las piezas de la vida, se necesitan equipos monumentales y cuantiosas inversiones que no suelen estar al alcance de los países en desarrollo. ¿Entonces qué chance les queda a los jóvenes David frente a los superpoderosos Goliat que dominan el escenario científico global? 

En el discurso de apertura de la última reunión de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, su ex presidente, David Baltimore, formuló algunas ideas que vale la pena tener en cuenta. 

Baltimore ganó el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1975 (junto con Renato Dulbecco y Howard Temin) por el descubrimiento de la enzima que en los virus oncogénicos "traduce" el ARN en ADN. Pero además de ser un científico brillante, fue un administrador exitoso que presidió la Universidad Rockefeller y el Instituto Tecnológico de California, y asesoró a los gobiernos de la India y Ruanda en temas científicos. Contrariamente a lo que podría suponerse, para él la fuerza de un país en materia científica no depende tanto de los equipos e instalaciones como de la calidad de los investigadores. Entre otras cosas, aconseja mantener un alto nivel de excelencia en la selección de recursos humanos, impulsar el desarrollo de instituciones pequeñas, no separar la enseñanza de la investigación y preservar la libertad académica de los científicos. Por otra parte, insiste en que -aun para los países en desarrollo- la ciencia básica (que no tiene un fin definido) es insoslayable. "Incluso si uno tiene la intención de que sus graduados trabajen en las cosas más prácticas, el entrenamiento que reciben en la ciencia básica es el mejor que se les puede ofrecer", afirma durante una entrevista publicada por SciDev.net.

"Desarrollar ciencia de primer nivel es difícil -dice Baltimore-.Sólo se llega a la excelencia después de un proceso largo y trabajoso. Si uno [se limita a comprar] una máquina, produce ciencia estándar. En investigación, son las personas las que hacen la diferencia, haciendo cosas nuevas y formulando nuevas preguntas. La calidad de la gente es la que determina lo que se produce. De modo que uno puede tener máquinas maravillosas, pero a menos que tenga gente extraordinaria, no podrá producir ciencia extraordinaria." En un mundo dominado por el dinero, es reconfortante pensar que Baltimore puede tener razón..."


Compartimos un texto del Licenciado Roberto Venero. Agradecemos al autor el permiso para reproducir el trabajo en este espacio. 

¿PARA QUÉ SIRVE LA ASTRONOMÍA?

por Lic. Roberto Venero / Secretario de Extensión, FCAG – Universidad Nacional de La Plata (Argentina)

Alguien se nos acerca y nos pregunta "¿...y para qué sirve la Astronomía? o "¿y ese tal descubrimiento, qué aplicación tiene?". La mayoría de los astrónomos se encontrarían incómodos al tratar de contestar esto. ¿Cómo enfrentar esa tendencia utilitarista, tan impuesta en nuestros tiempos, que obliga a que todo esté medido según un costo y un beneficio económico?

Instantáneamente rumiamos respuestas adquiridas con los años, que hablan de la ciencia básica, del conocimiento puro, de la curiosidad de la mente humana, del deseo de trascender a nuestro destino, de la primera ciencia del hombre, de futuras estrambóticas aplicaciones, entre muchas otras variantes.

Todas son válidas aunque, probablemente, la que más se acerque a la verdad sea la que se refiere a la trascendencia de la humanidad, abriéndose paso entre la tiniebla con que la naturaleza rodea a sus entes y fenómenos.

Cada astrónomo podrá contar esa visión con mayor o menor riqueza de palabras, uso de ejemplos o férreas justificaciones, conforme las matemáticas le hayan dejado o no, algún espacio para desarrollar bonitas argumentaciones.

He de decir a mis lectores y también, por qué no, a mis colegas, que quizás haya otro motivo por el cual indagamos el universo y que hasta el momento, ha pasado apenas desapercibido.

Estudiamos el universo para poder contarlo a los demás.

Estudiamos el universo para compartir esa sensación extraña que se siente cuando, al investigar, las cosas parecen encajar como las piezas de un reloj. Para hacer partícipes a los demás de nuestra manera de ser felices.

Porque es una felicidad auténtica y puede hacer bien.

Voy a dar un ejemplo simple.

Este año, desde la Secretaría a mi cargo, nos encontramos trabajando en un Proyecto de Extensión Universitaria con el que renovamos un subsidio de nuestra Universidad. Su nombre es "De la Tierra a las Estrellas", un pequeño proyecto en el cual llevamos talleres de astronomía a escuelas.

Sin embargo, no todas las instituciones participantes son escuelas con aula y tiza, con patio y timbre. En particular, este año visitamos la escuela que funciona en el Hospital de Niños de La Plata, la cual busca que los niños internados no pierdan la pista del aprendizaje escolar.

Las salas de internación para niños son un escenario conmovedor para el corazón de cualquiera y, en particular, para el de nuestros guías. Pero en ellos, emerge una hermosa voluntad que les permite avanzar con alegría en cada taller que ofrecemos a estos niños, preocupándose aún por detalles de pedagogía, de estructura y forma.

Pero la retribución a este esfuerzo es enorme. Nos deja un indescifrable sentimiento el saber, por ejemplo, que una nena ha decidido "quedarse un poquito más", a pesar de que por la mañana le dieron el alta médica, "para poder estar en ese taller de astronomía...".

O la pasión que, en otro nene, despierta el deseo de repetir la receta de construcción de un cometa vaporoso en miniatura, cuando pueda regresar a su casa.

Y queda poco que decir, pues ahí está la respuesta: La astronomía existe, desde los albores de la humanidad, para que hoy, con toda humildad, podamos llevarla a estos niños. Para conducirlos en un viaje, lejos de las necesarias camas y azulejos blancos que los rodean, para que compartan con nosotros un pequeño paseo de fantasía por el espacio.

Si la astronomía sirve para eso, esa debe ser su razón de existir.

"¡Qué desmesura de razonamiento!", dirá nuestro lector.

Es verdad. No puedo más que reconocer que es una desmesura. Sin embargo, si eso es un error en la mesura, ¿alguien ha medido alguna vez, en años-luz quizás, el asombro de un niño?

Sobre una frazada áspera de tanto lavado, impregnada de olor a asepsia, junto a una mano pequeña, descansa un mapa de la constelación del Escorpión. Entre sus estrellas, destaca una por ser brillante y roja: Antares, el corazón de la constelación. Curiosamente, la estrella parece latir al ritmo de las tímidas, diminutas, secretas alegrías de compartir.-